jueves, 29 de octubre de 2015

LOS MUERTOS Y LOS SANTOS

Time does not exist
Only the illusion of memories exists.
- Kirima Seiichi

POE - Haunted

La celebración de Halloween en Bolivia, de la mano con la tradición local de Todos Santos, fue siempre un motivo de polémica cultural y religiosa. Mientras que la defensa de las fiestas locales se ha vuelto trinchera de los que se oponen a la asimilación de una construcción social extranjera, los detractores de esta, de manera casi uniforme, llevan el debate a la esfera religiosa, donde exponen el daño moral que trae consigo la mencionada ceremonia en su naturaleza pagana. Al final de la noche, dejando de lado los análisis más nacionalistas y moralistas, adultos, niños y ancianos celebran por igual al Halloween y a Todos Santos, dando valor y renovando con su práctica a dos eventos que tienen un común denominador: los muertos.

Desde que se comenzó a celebrar Halloween en el país, allá por el final de los noventas, los niños han sido los principales defensores de la celebración norteamericana con raíces celtas. Ello como una clara influencia de la cultura anglosajona, referente casi totalitario en su momento de los medios de difusión audiovisuales, que tiene a esta fiesta en el mismo nivel que a la Navidad o al Año Nuevo. Pero el Halloween tiene también sus atractivos propios: disfraces, golosinas y la liberación de uno mismo que supone el ponerse una máscara. Por un momento, todos son el superhéroe o el villano de su imaginario particular, cualidad que sólo se comparte con el carnaval. De ahí que los menores de la casa, y los no tan menores incluidos, se sumen a festejar el Halloween con un sentimiento de liberación del rol o construcción social en el que viven, a veces sin otra opción. 

This children that you spit on, is the child that changes the world.

En la vereda del frente, pero a su mismo ritmo, se encuentra la fiesta de Todos Santos. Como la mayoría de las festividades tradicionales en Bolivia, la costumbre actual es el resultado de las prácticas originarias barnizadas en la época colonial con los ritos del culto católico, en un afán por acercar a los conquistados a la fe y costumbres del conquistador. Pero a partir de ahí, con ejemplar ironía, la fiesta adquirió una dimensión propia, ocupando un lugar propio en las mesas, cocinas y altares de las familias bolivianas, ya sin nada que deberle a la costumbre extranjera. Ello se refleja en la apropiación que hacen los comerciantes de sus insumos al renovarla y adaptarla a los gustos, estilos e idiosincrasias contemporáneos, librándola de ritualismos anacrónicos. Al final, su vida antropológica es tan vasta como la imaginería que enorgullece a la fiesta anglosajona del Halloween.

Pero más allá de su desarrollo, un punto común entre ambas es el tratamiento que otorgan a temas de preocupación casi permanente como son la muerte, la incertidumbre por la presencia de un plano adicional a la existencia terrena y las posibilidades de que los habitantes de uno u otro lado puedan ver a sus seres queridos y/u olvidados una vez más. Estas inquietudes suelen enarbolar las banderas de guerra de los defensores de uno y otro bando, con una convicción que casi hace dudar sobre la certeza que presumen tener en su credo. Pese a ello, y he aquí el quid del entuerto, la que fuera una defensa de preferencias se ha convertido en la actualidad en un mercado moralista que pretende definir algo que desde siempre se ha dejado, y adrede, en la ambigüedad del pensamiento individual: qué es la fe y cómo se ejerce. Esta pelea, históricamente improductiva, resurge con renovado ímpetu en estas fechas, como si el momento fuera proclive no sólo para celebrar (a gusto o disgusto propio y ajeno) sino para adoctrinar o evangelizar. Pero, ya lo dijimos, tal discusión es un falso anhelo, más propio de cualquier otra testera.

Al final, si bien ambas fiestas van en lados opuestos de la calle, se miran todo el tiempo y miden sus pasos en un baile inconsciente y sincronizado que les hace sospechar la existencia de un vínculo común que no terminan de entender. Y, dato curioso, son los niños, ajenos a cualquier odio religioso o cultural, los que celebran ambas y quedan la mar de contentos de poder vivir en diversidad con sus muertos. 

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